Texto de Eulalia Valldosera sobre la obra de Magdalena Duran

¿De qué hablamos cuando hablamos de cuerpo?

 

“No diré cosa que no haya experimentado mucho”

Teresa de Ávila, Libro de la Vida.

 

Cuerpo de gozo es un trabajo iniciático que redescubre la práctica pictórica como vehículo canalizador de mundos paralelos. Pinturas que parecen haber sido realizadas en el vientre de una caverna, pues reactualizan las prácticas mágicas de nuestros ancestros. Su factura primitiva y visceral, busca “el cultivo premeditado de un rito propiciatorio”. Estamos ante una serie de ejercicios donde la autora genera estados alterados de conciencia, que le permiten entrar en un modo de habitar el cuerpo sin fronteras, inconcluso. Así va descubriendo y liberando, paso a paso, pintura tras pintura, los bloqueos internos que obstruyen los flujos entre las dimensiones que conforman su universo interior. En cada nueva imagen densifica una vivencia especifica que, a medida que impregna el lienzo, le procura una nueva comprensión de sí misma, con la consecuente amplificación de su cosmos interno. Sus imágenes que no están hechas para ser vistas sino para ser sentidas, puesto que actúan  por empatía vibracional. Quien sepa colocarse ante estas pinturas en un estado determinado de conciencia, sentirá qué resortes se le activan y será llevado a un viaje en lo que podríamos definir como visión participativa.

 

Magdalena Duran, después de 20 años practicando la sanación a través de la imagen, durante los cuales se ausenta de su propia obra, iniciada en la década de los 80, decide, en sus propias palabras, “aplicarme la medicina que prescribo y pasar a ser mi propia paciente. Salta el tapón que me mantenía prisionera en el vientre de la ballena” y empieza una fiesta, el goce, la celebración de un renacimiento. “Recupero mi lengua materna” exclama, y la Pintura vuelve a tener sentido. En la casi no-separación que experimenta entre su cuerpo y el soporte pictórico, en los rastros gestuales de las manos untadas de color, en el acto de acoplar y copular con el soporte de la tela o el papel, en la vivencia de la pintura-espejo, la artista logra atravesar los puentes que partiendo de su físico la conectan a sus otros cuerpos, a otras dimensiones donde el dolor y la pesadez se transmutan en celebración y ligereza.

 

Nuestra burbuja energética se conecta a nuestra entidad física mediante una serie de aberturas u ojos, comúnmente conocidos como chacras, los nudos de una malla que nos conforma. Se siente como un castillo de luz que al ser penetrado nos guía por sus diversas estancias, por orden, mientras la semilla germina, crece y florece. Si para los herméticos lo mismo es arriba que abajo, en nuestro caso sería más adecuado decir que lo mismo es fuera que dentro. La experiencia mística solo puede ser descrita mediante rodeos y metáforas:

 

“Queda el alma con un degustillo, como quien va a saltar y le asen por detrás” (Teresa de Ávila , Libro de la Vida).

 

Y Magdalena salta. Partiendo del centro energético de la pelvis, toma impulso de la raíz y progresivamente va ascendiendo cada uno de los peldaños de esa escalera central: plexo, corazón, garganta y ojos hasta la coronilla. La serpiente que dormía en la base de la columna se mueve, empuja, desbloquea, quema y se enfría progresivamente, transmutando su color y aligerando su peso. El trazo orgánico y voluptuoso de las primeras imágenes va cediendo paso a las cascadas centelleantes e iridiscentes que fluyen siempre hacia arriba. Nos recuerda que la iluminación no es una bendición que viene de arriba sino una fuerza que se abre paso desde las entrañas del planeta cuerpo. Y cuando los diques que bloqueaban la corriente ceden por completo, la cascada surgente e informe se organiza en sutiles caligrafías florales que hablan de regeneración y expansión. Finalmente los nudos se han ido tejiendo entre sí, y en la unión de las diferentes calidades del sentir, el cuerpo se organiza y se vuelve coherente, se reconoce a sí mismo. Sólo entonces aparece la forma ojival, la forma que toma el aura humana, más neutral, contenida y alimentada por la fuerza que desencadenaron los procesos y resistencias que encontramos por el camino. Ya el cuerpo es visto como la sencilla llama ardiendo de los dibujos que concluyen la serie.

 

 

Pintar es borrar la frontera entre el mundo visible y el invisible, lo aurático y lo matérico, lo sensual y lo espiritual. Bailar, estar en movimiento, dejarnos penetrar por la densidad de la materia pictórica para incorporarnos a ella como si de un recipiente se tratara. La vasija matriz que nos permite cocernos en el fuego de la transformación alquímica que convierte al carbón en el oro reluciente de la plenitud. Estamos ante una propuesta iniciática, porque Cuerpo de gozo está en resonancia con la demanda actual de un corpus artístico que sepa dar forma y visibilidad a los universos interiores, ocultos y sepultados por una sociedad que consume imagen atrapada en el laberinto de espejos que ha creado para secuestrar nuestro poder como individuos únicos que saben que su cuerpo es único y, a su vez, parte de un cuerpo mayor, pues somos un solo cuerpo.

 

 

Eulalia valldosera

Artista Visual

Barcelona, 2013